sábado, 6 de agosto de 2011

Reflexiones de una mañana de sábado en agosto

Una nueva entrada hoy, que tenía tiempo sin escribir. Cosas de este mundo que se nos va irremediablemente en una carrera contra el tiempo. Que me leas no es una prioridad para mí pero si lo haces, bienvenido. Hoy me levante, como muchos otros fines de semana, reflexivo. Reflexivo con mi alrededor, leyendo las noticias y reaccionando contra (o a favor) de ellas como toda persona, como todo hombre común.

En primer lugar soy hombre. Eso me determina en muchas formas. Es una responsabilidad ante un mundo en donde la igualdad de género es condicionada. Trabajar no es una opción es una responsabilidad, dulce si haces lo que te gusta, pero amarga si es en contra de tu voluntad. Segundo soy un hombre en Venezuela, cosa igual de determinante, puesto que ser hombre en Venezuela te obliga a ser asertivo, buscar el bienestar de quienes te rodean, ser responsable en perjuicio de que las arenas del tiempo te sepulten por completo en la total anonimia.

Eso me contrapone con una sociedad donde lamentablemente, destacar no es un camino real para ti, que debes conformarte con lo que haces, con lo que comes, con lo que te rodea, con tu salario, con tu casa, con tu realidad, que parece determinada de antemano. El recelo se regodea del éxito (o falta de él) y el éxito se te presenta como una quimera, alcanzable si has bajado la cabeza una cantidad de veces. Callar y callar, aceptar e irte a casa, como otro más en la masa, oprimida y desdibujada, carente de ambición (sana ambición, motor de vida) y conforme con su realidad.

Eso lo veo todos los días, gente humillada, gente con derechos que los embarga por un trozo de pan. No veo gente orgullosa, gente que quiere ser mejor. Veo gente empujada, triturada por un sistema que pregona que no existir es tu destino. Compra y compra, escóndete y enciérrate, no te hagas sentir, no dejes una huella, basta de filosofías que lo tuyo es contentarte con lo que tienes y se acabo.

Está falta de ambición es la que nos tiene, aún en el siglo XXI, sin un sistema de salud propio de un país humano, donde enfermarte es un contrato con la muerte, en donde abogados de pacotilla, sin recursos, negocian para mantenerte unos días más vivo. Un país en donde la gente inocente, trabajadora y honrada, vive encerrada en cárceles voluntarias y donde el malandro, culpable, vago y asesino es el único que camina por las avenidas como un ser libre y liberado por la indiferencia.

Un país donde la educación no es una herramienta de liberación sino de opresión, que te llena la cabeza de $ en vez de ideas, de creatividad. En un país donde una educación que te transforma de un ser bello en un monstruo calculador de ganancias, y que además, te cobra por mutilar tu espíritu y que se jacta de que este "privilegio" es para unos pocos.

Estas cosas las reflexiono siempre, siempre que camino por las calles de mi ciudad, me embarco en el metro y veo el rostro de la gente cansada al iniciar la mañana. Por la noche, veo gente abatida, derrotada, por que otro día pasó sin cumplir su promesa, otro día descargó su látigo sobre sus espaldas. Gente robada de sus sueños y de sus pertenencias. Gente enferma que tiene que trabajar para curarse, y curarse sabiendo que al despertar sano, te enfermaras irremediablemente. Ese es su destino. El pueblo es un eterno paciente, paciente espera a que venga algo que lo cure.

Ese "algo" nunca va a llegar a menos que nos demos cuenta de lo que merecemos. Merecemos menos retorica y más hospitales de calidad. Merecemos menos burocracia y más seguridad, menos barrotes en nuestras ventanas. Merecemos cultivar nuestro intelecto, sin más requisito que una sed de saber, un saber libre, sin ideología prefabricada, que oculte fines políticos y económicos para el beneficio de una élite ambidextra.

Merecemos vivir en nuestras propias casas, en una economía donde la iniciativa no sea confundida por explotación, donde podamos trabajar dando trabajo, donde el Estado sea fiel garante de los derechos económicos y que destrabe los nudos que no dejan que la productividad eficiente se convierta en herramienta de crecimiento para todos, sin explotados, sin mutilados.

Merecemos un país donde la gente cante en las calles, se divierta, sea feliz, donde la preocupación no sea un fardo pesado. Vivimos en un país, gracias a Dios, que es alegre, pero poco a poco esa alegría se transforma, con el pasar de los años, en desazón, en desilusión. Sólo los que no saben, los imberbes o jóvenes pueden vivir alegres, pero a medida que envejecen también lo hace su alegría y una hiel amarga sube por sus gargantas...

Mi principio es el de que las cosas que merecemos no existen aún y que debemos construirlo. Lo que nos merecemos, la posibilidad de que exista, está secuestrada por una élite de gente acomodada, sea por obra del garrote explotador o por el garrote legalizado de la acción de gobierno.

He visto muchos despotricando contra la educación privada (no la defiendo personalmente, la desprecio en realidad, aún siendo producto de la misma), contra lo beneficios mal habidos, contra los excesos, a favor del pobre que no tiene; que al terminar su discurso marchan como alegres faunos a los tugurios y restaurantes finos y que después de echarse los proverbiales "Palitos" va a buscar a sus hijos en exclusivos colegios y liceos de Caracas, liceos bilingües con clases de buenos modales. Se los llevan a sus exclusivos apartamentos del este y vuelve, fauno al fin, a salir en la noche, con vigilancia personalizada a vivir la buena vida, que no es lo mismo que el "Buen Vivir".

Esa hipocresía crítica al que no esconde su ambición de sibarita explotador, los "amos del valle" acomodados de siempre. Ellos por lo menos viven según su credo, los "hijos del gobierno" (los hijos de puta) viven como los primeros cristianos, profesando su religión escondidas en catacumbas descubiertas.

Quizás desvarío, y me pierda en lo que escribo... Ya no se cual es el punto de está entrada, así como no veo ya cual es el punto de vivir en este país gobernado por todos menos por nosotros. Si fuera así, tendríamos todos lo que nos merecemos en ver de ver a las élites no obtener lo que se merecen... Una soberana coñaza...

Que se yo... Voy por el café... avísenme si algo cambia