miércoles, 21 de septiembre de 2011

Inspiración

Tomás escribía para una revista capitalina. Le gustaba su trabajo. Siempre se había sentido afortunado de poder expresar, tan fácilmente, sus ideas en papel y a la vez tener la suficiente inspiración para escribir sobre todos los temas posibles. Tomás poseía la increíble habilidad de detenerse, como quién detiene el tiempo y ver a su alrededor. Lo veía todo tan claro, con luces brillantes y la inspiración le brotaba a borbotones con solo ver un objeto. Una taza de café negro concibió el cuento corto “Uno antes de Partir”, lo que le deparó elogios sin parar. Una media sucia la convirtió en un cuento lleno de referencias a la soledad y a la irresistible posibilidad de una muerte liberadora. Su crudeza le valió la entrada a un prestigioso taller de escritura, con lo más granado de la corriente literaria. Se titulo “Telas Rotas”.


Y es que para los títulos tenía una habilidad innata. Su columna en la revista se llamaba “Crónicas de la Levedad” rimbombante y minimalista a la vez. Perfecto. Era una máquina de contar. Recientemente había virado su atención a la escritura de guiones y le pareció interesante ver como su habilidad para sacarle contenido al objeto más mundano, fuera tan útil en las imágenes que evocaba en sus diálogos mezclados con indicaciones de cámara y a los actores. Iconos de la mundanidad, pensó, rápidamente naciendo un nuevo cuento. Tomás era, realmente, un gran escritor inspirado.


Al llegar a la redacción, con un paso pausado pero confiado, entro en la sala como quién entra a una jaula de leones. Estos leones envidiosos escondían su condición con un odio exacerbado que Tomás entendía a la perfección. Los diagnosticaba sin ningún problema, puesto que ser un buen cuentista radicaba en el hecho de ser un psicoanalista sin titulo, y ellos eran tan simples que los leía como un libro abierto.


Ahí estaban sus colegas, viéndolo llegar. Tenían la impresión de que vivía en cámara lenta, pero entregaba sus trabajos con una rapidez pasmosa. Lo odiaban, pero en realidad se odiaban a sí mismos, por no haber nacido como él, un iluminado por la inspiración. Todo le daba inspiración.


Contar su proceso era tan difícil para Tomás que optaba por mentir. No se de donde viene, decía, o volvía a mentir: mi secreto es la lectura, solo eso, mis influencias. Se sentaba enfrente de su máquina (odiaba las computadoras, las creía impersonales) y colocaba las palmas de las manos sobre el escritorio frío por el aire acondicionado.


Lo que sucedía después tenía poco que ver con sus estudios en letras, los incontables y aburridos talleres de escritura creativa o las palabras de consejo (disfrazados de falsa modestia) que los estimados escritores de la capital le daban, a los cuales él desechaba rápidamente por que no sabían la verdad.


Las razones de su inspiración, la “verdad” como se decía a sí mismo Tomás, eran incomprensibles para él. Apenas empezaba en el mundo de las publicaciones, era joven, pero siempre pudo hacerlo. Los trabajos de Lengua y Literatura los hacía en 5 minutos. 16 páginas en 5 minutos. 28 en 10. 50 en 25. Su tesis (Existencia y pluralidad: Ricardo III, la cavilosidad del Rey jorobado de Shakespeare y su relación con la novela histórica de Francisco Herrera Luque) la escribió en tres días. Las 556 malditas páginas con referencias y citas textuales de ambos autores, en 72 horas. Se tardó por los horarios impredecibles de la biblioteca universitaria.


Ahí donde estaba Tomás, con sus palmas frías sobre el escritorio, sintió la electricidad. La había sentido antes. Siempre que escribía. En seguida todo lo que veía estaba cada vez más lento, hasta el punto de la detención total. Tiempo y espacio no pasaban, se detenían ante él. Empezaba a experimentar un cosquilleo producido por miles de millones de sinapsis nerviosas que viajaban a miles de centésimas de nanosegundos por su cerebro: El jugo se estaba espesando, decía Tomás, y de inmediato sucedía.


Los objetos a su alrededor cobraban un halo de importancia tal, que brillaban con miles de colores brillantes, destacándose sobre los demás. Su encéfalo enseguida los categorizaba, soltando miles de voltios de energía, transformados en datos que caían en cascada. Un lápiz, un bolso, un labial, un tacón, estantes, un broche, zarcillos, cajas, cajones, no, botas, papel, botellas, periódico, lentes, audífonos, rejillas, cigarrillos, encendedores... y ahí estaba. Lo había pasado por alto pero ahí estaba de nuevo, brillando como nunca antes: el titulo de su próximo cuento apareció enorme en caligrafía oriental sobre él: “El broche”. Sus dedos se separaron de su posición fija junto a la maquina y golpearon. 1542 veces hasta dar con su nuevo cuento: El Broche.


Habían pasado 3 minutos. 3 minutos y ya estaba listo. Saco los papeles de la máquina y los entregó a la secretaria de redacción. Ni un sólo error detectó el corrector. El corrector nunca revisaba la obra de Tomás, pero una apuesta del pasante lo hizo hacerlo esta vez. Perfecto, desde el titulo hasta el punto y final. “Paga” dijo el corrector y el pasante pagó. Así se redondeaba el sueldo todos los meses.


Al salir de la oficina (su jornada terminaba así, 45 minutos en tren hasta el trabajo, 5 minutos esperando al ascensor, 1 minuto subiendo, 2 minutos de caminar hasta su escritorio y 3 de trabajo real) sacó un cigarrillo y lo colocó en sus labios. No lo encendió hasta salir de la oficina.


A la mañana siguiente volvió la rutina. Su paseo entre los escritorios rivales se cortó con un feroz alarido. Era el redactor y director de la revista, Agustín Villarubia, que lo llamaba desde la puerta de su oficina. Hizo un ademán con la mano que significaba “ven” y Tomás obedeció. No le caía bien su jefe, pero era indulgente con su horario de trabajo de 3 minutos y a veces se preguntaba quién sino el vulgar de Agustín se lo permitiría. La respuesta: Todos se lo permitirían si escribía como escribía.


  • Sientate Tomás, ¿Un negrito?- dijo extrañamente amable. Nunca había tomado café en la oficina de Agustín.

  • No gracias, estoy bien así- Tomás luchaba para no sonar pedante, pero no lo logró- nunca tomo café antes del trabajo.

  • Lo que sea mientras me sigas echando esos cuentos.- acompaño con una risotada- Tomás, tenemos una nueva idea. Sabes que estamos haciendo una reestructuración total. La idea es hacer de cada número una edición especial en torno a un concepto. Hey, una idea bien fumada pero lo que funciona, funciona ¿Cierto?- sin esperar respuesta, continuo- Bueno el primer número es “Inspiración”. Bueno tu sabes, fotografías, artículos, etc., y un cuento especial de Tomas Rodríguez. ¿Qué tal?


A Tomás no le parecía ni bien ni mal. Nunca había escrito por encargo, pero que importa, se dijo así mismo, la plata es la misma.


  • Bueno, sí, esta bien- afirmó. - no tengo rollo alguno...

  • Bueno... “El Broche”, cambiando el tema, el que entregaste ayer, es muy largo Tomás... ya te dije que...

  • Sí yo se- Tomás interrumpió. No le gustaba esa crítica, siempre se lo habían dicho. Pero el no reparaba en eso... A veces pensaba que no era el quién escribía, sino “La Verdad”

  • Nada, lo tuvimos que picar en dos partes, una este mes, otro el mes que viene. Tienes dos meses para escribir “inspiración”, así que la espero en mi escritorio hoy, dentro de ¿qué? ¿5 minutos?

  • No, no sé- pensando en el halago poco disimulado y riendo- Cuando lo tenga te lo entregó.

  • Ok, ok... como quieras, no te tardes ¿eh? Anda arranca, y empieza a escribir.


Al ir al escritorio, Tomás se tropezó con una papelera. No sabía que tenía ni porque, pero se empezó a sentir mareado. No reparo en ello, debió ser el olor de la oficina de Villarubía, siempre impregnada de incienso. Al llegar a su puesto, empezó su ritual. Sí, saldría del cuento de la inspiración de una vez. Coloco sus manos sobre el escritorio, al lado de la máquina, y se concentro. No sabía muy bien como hacer, si pensar en la inspiración o en un objeto que tuviera algo que ver. Ahí comenzó todo.


En lugar de la paulatina relantización del universo, sintió una pasta en la boca. Las nauseas comenzaron rapidamente con un reflejo, pero paró. “No me siento bien” pensó pero tomo aire rápidamente y se decidió a continuar. De repente, un espasmo involuntario comenzó a subir por sus piernas, como un terremoto increíble, lleno de dolor. Sin percatarse todo su cuerpo temblaba irremediablemente, músculos completos y empezó a tumbar los implementos de oficina mientras todos veían sin poder hacer nada. Tomás cayó al suelo sin poder controlar su cuerpo, y el mundo que veía empezó a convertirse en un corredor obscuro, desapareciendo poco a poco. Paró. Sus espasmos pararon también y la inconsciencia se apoderó de Tomás Rodríguez.


Tomás despertó desconcertado, en la camilla de una clínica. El seguro funciona, fue lo primero que pensó y vio acercarse a un medico anciano, con su bata que llegaba al suelo. Symon Drahomanov emigró a Venezuela con sus padres ucranianos a principio del año 58. Rápidamente, la memoria de la aldea en Khersonshchyna quedó atrás y se convirtió en un niño venezolano rubio que comía las arepas con la misma voracidad que las Varenyky de la abuela. Estudió en el liceo Fermín Toro y llego a la Universidad Central de Venezuela. Se graduó con un doctorado en neuropatía. Ahora se encontraba frente a Tomás Rodríguez.


  • Señor Rodríguez, le ha sido diagnosticado un tumor benigno en el lóbulo parietal derecho, justo debajo del hipotálamo- dijo sin rodeos.

  • ¿Que? ¿Que tan grave es?

  • No mucho en realidad. La biopsia indica que lo tiene desde hace mucho tiempo, quizás desde su infancia. Imagino que no había sido diagnosticado nunca.

  • No, no, por supuesto que no.- dijo Tomás. Claro que no, lo hubiera sabido desde hace tiempo

  • Correcto, no había tenido consecuencias diagnosticables por supuesto, es un tumor benigno muy raro, alojado en la zona que controla la percepción de nuestro mundo. Donde la información, presente y pasada se almacena y reacciona con lo que vemos diariamente. No es común pero ya puede quedarse tranquilo, ya lo extirpamos y ya esta Ud. en franca recuperación.


Tomás tuvo una revelación inquietante. Y en seguida, un temor. Sin mediar palabra dijo:


  • ¿Podré seguir escribiendo?

  • Pero por supuesto que si. Sus funciones cognitivas y perceptivas no han sido dañadas, tuve mucho cuidado con ello. El tumor salió de inmediato y no tuvo consecuencia alguna.


Esa respuesta era insuficiente. ¿Toda la inspiración, todo párrafo, cada palabra que escribió en su vida fue producto de una anomalía celular? No podía decirle a nadie. No podía pero... ¿lo había perdido?



Tomás salió de la clínica dos días después. El doctor Drahomanov fue claro, podría seguir escribiendo, su influjo creativo no había sido dañado. Pero no había sido capaz, por miedo, de afrontar su proceso, la verdad. En seguida, cuando llegó a casa, se sentó en la mesa del comedor, donde tenía una máquina de escribir idéntica a la de su oficina. Colocó las palmas de las manos al lado de la vieja tipeadora, y se concentró.


Nada. Nada pasaba, el mundo no se detenía, no veía colores brillantes. Los objetos no le hablaban y los datos no caían como cascadas a su lado, ni la caligrafía gigante le señalaba el título de su obra. Nada.


Fue así como la medicina moderna mató a la inspiración de Tomás Rodríguez.


La revista, bajo el titulo de “Inspiración”,salió al mercado. El cuento de Tomás, una retahíla de incoherencias sobre un gato parlante, fue reemplazado por un top ten de modas. “Modas que Inspiran” titulo nada inspirado. Tomás fue despedido luego de dos ediciones más. Sus dos últimos trabajos fueron entregados justo al cierre. El corrector perdió dos apuestas. El primero “La vida secreta de las polillas” estaba llena de errores y lugares comunes, el segundo no llegaba a dos páginas. Se llamaba “Descubre todo detrás de Marte” un copia y pega horroroso.


Tomás trabaja hoy escribiendo los textos detrás de las cajas de Conflei. Nunca supo por que, al pensar en inspiración, su tumor decidió abandonar su cerebro.


Adrián Hermógenes.


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