jueves, 3 de marzo de 2011

Y llegamos a Tripoli, hermano

La ola de revoluciones en el medio oriente, que comenzó su onda expansiva en Túnez, siguió por Egipto y Yemen y dio una vuelta de campana y cayó en Libia, para mi opinión tienen un mismo signo: El Cansancio. El cansancio de una población ascendentemente joven, de las mujeres, del pueblo cada vez más laico por la influencia de occidente y de las reglas punitivas en extremo del Corán, utilizado una y otra vez para manipular y subyugar a un pueblo en nombre de una élite política (sin persuadirme de que esta es, precisamente, la razón de ser del texto coránico)

Las potencias globales mueven sus fichas en el tablero. Hablan y callan de acuerdo a su conveniencia. A pesar del grito global “Mubarak Vete Ya” que en las calles de Cairo explotó, las potencias occidentales callaron, tácitamente apoyando a Hosni, buscando el acuerdo pacífico que mantuviera al dictador en el poder. Mubarak era garantía y muro de contención de Israel, ante un mundo árabe (no necesariamente islámico) pintado como un monstruo ignominioso a punto de devorarse a la nación judía. Probablemente seguirá siéndolo, a pesar de los gritos paranoicos de cierta corriente de derecha global.

Pero como callaron las potencias ante Mubarak, lanzan sus gritos desaforados contra Gadafi y la situación en Libia. Es increíble como “la comunidad internacional” (eufemismo para designar a los miembros permanentes del consejo de seguridad) ha amenazado y actuado en diversos foros para gritar, ahora sí “Muanmmar Vete Ya” junto con el colectivo libio rebelde.

Pero como las potencias hablan y callan, se sientan o lanzan cruzadas de acuerdo a su conveniencia, más cerca del Caribe, el presidente venezolano y su canciller, desgraciadamente, hacen precisamente lo mismo. Quizás en el caso de Gadafi el presidente haya sido más vocal, aparentando una amistad personal con el líder libio que, en la escena internacional (y más con Chávez) no valen tanto como las amistades de los demás mortales. Se hacen y se deshacen amistades tan rápidamente en estos días.

Pero con el caso de Egipto y Mubarak, toda la maquinaria propagandística del gobierno venezolano se lanzó directo a la yugular. “Mubarak dictador” “valentía del pueblo egipcio” “apoyamos al pueblo egipcio” y así increcendo hasta que el exhausto gobierno de Mubarak cayó, y los vítores y cantos por la libertad no se hicieron esperar por parte de los mismos que hoy niegan esa graciosa indulgencia al pueblo libio.

¿Qué cambia? obvio para todos que el Egipto bajo el régimen de Mubarak era (y probablemente siga siendo) ficha de los Estados Unidos en la región. Gadafi por su parte es todo lo contrario, un enemigo. Bueno enemigo descolorado y desatendido, que, a pesar de las burlas que suscitaron sus denuncias, se ve atacado en algunas ocasiones por Al-Qaida, igual que el poderoso imperio norteamericano.

Lo importante acá es que en lugar apartarse y neutralmente observar los acontecimientos, rechazando la injerencia extranjera y abogando por la integridad territorial de Libia (realmente, ¿Qué otra cosa podríamos hacer?) nos enfrascamos en la defensa de un criminal, que se hizo millonario con el dinero de los libios, que se hizo accionista del Juventus FC para que su hijo pudiera entrenar en Italia, que coloco bombas en aviones comerciales en Escocia, que no tiene rubor en bombardear regiones insurgentes “para asustar a los rebeldes” como otro hijo de Gadafi admitió (rampante nepotismo), en fin, un loco de carretera que obviamente es un enajenado mental.

No, en realidad Gadafi no se está defendiendo del imperio, (aunque no niego que sus manos estén de alguna forma) sino de su propio pueblo que se canso de tanta espera, de tanta ostentación de riqueza de un hombre que traiciono la esperanza de un país. Si Libia es hoy lo que es (con más sombras que luces) gracias a Gadafi, no es menos cierto que es momento de que los libios dejen de depender del “hermano líder” y elijan su propio destino.

Una democracia, con valores sociales, laica, que reconstruya y edifique instituciones fuertes y duraderas. Ese es el verdadero valor de las revoluciones árabes, lograr que una región atrasada y pobre por el nepotismo, dinastías familiares o por el yugo de la religión, florezca diseñando su propio destino. Pero apoyando a Gadafi y a su clan, en realidad damos una mala impresión. La impresión que no nos importa quién este contra el imperialismo, nosotros lo apoyamos

Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta

AH.

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